Los corazones cerrados

Conocí una vez a un hombre que empezaba sus relaciones con mucha energía, pero al parecer no podía evitar que el corazón se le cerrase tan pronto como una mujer le había abierto el suyo. He oído comentar que este tipo de comportamiento en las relaciones es “una adicción a la fase de atracción“. Ese hombre no andaba por el mundo hiriendo a las mujeres por pura maldad. Él quería sinceramente tener una auténtica relación comprometida, pero le faltaba la capacidad espiritual que le permitiría asentarse en un lugar durante el tiempo suficiente para construir algo solido con una pareja a quien sintiera como su igual. Tan pronto como veía fallos y debilidades humanas en una mujer, salía huyendo. La personalidad narcisista va en busca de la perfección, con lo cual se asegura que el amor jamás tendrá ocasión de florecer. La exaltación inicial es tan embriagadora, tan tentadora, que el verdadero trabajo de crecimiento que debe seguir necesariamente a la atracción inicial puede parecer demasiado opaco y difícil para comprometerse con él. Tan pronto como ve que el otro es un ser humano real, el ego siente una repulsa que lo lleva a querer encontrar a otra persona para “jugar” con ella.

Al final de una relación con alguien así, nos sentimos como si hubiésemos tomado cocaína. Ha sido un viaje rápido y muy excitante, y en su momento pareció que sucedía algo importante. Después nos estrellamos y nos dimos cuenta de que no había pasado nada significativo, en absoluto. Todo era ficticio. Y lo único que nos queda es un dolor de cabeza, la sensación de que “eso” no es bueno ni saludable y la determinación de no volver a hacerlo.

Pero hay una razón para que este tipo de relaciones nos atraigan. Lo que nos arrastra es la ilusión de su significado. A veces, alguien que no tiene nada que ofrecer en una relación auténtica puede presentarse como si te ofreciera el mundo. Son personas tan disociadas de sus propios sentimientos como para haberse convertido en actores sumamente hábiles, que interpretan inconscientemente cualquier papel que les asigne nuestra fantasía. Pero la responsabilidad del dolor que sentimos sigue siendo nuestra. Si no hubiésemos andado en busca de un hechizo barato, no habríamos sido vulnerables a la mentira.

¿Cómo pudimos ser tan estúpidos? Esta es la pregunta que siempre nos hacemos cuando estas experiencias acaban. Pero enseguida admitimos para nuestros adentros que en realidad no fuimos estúpidos, en absoluto. Se trataba de una droga, y el problema era que la deseábamos. Vimos exactamente como era el juego con aquella persona desde el principio, pero sentimos hasta tal punto la atracción del “vuelo” que estábamos dispuestos a fungir – durante una noche, una semana o el tiempo que durase – que no lo veíamos.

Muchas mujeres me preguntan por qué siempre conocen a hombres que abusan de ellas, y lo que yo suelo contestarles es esto:

-El problema no es que los conozcas, sino que les des tu número de teléfono. 😉

El problema, en otras palabras, no es que atraigamos a cierto tipo de persona, sino más bien que nos atrae cierto tipo de persona. Quizás alguien emocionalmente distante nos recuerde, por ejemplo, a  nuestro padre o nuestra madre, o ambos. “Su energía es distante y tiene un sutil matiz de desaprobación – nos decimos -; me siento como en casa”. El problema, entonces, no es sólo que nos ofrezcan dolor, sino que nos sentimos cómodos con ese dolor. Es lo que siempre hemos conocido.

El reverso de la medalla de esas peligrosas atracciones que nos echan en brazos de personas que no tienen nada que ofrecernos es nuestra tendencia a encontrar aburridas a aquellas que sí lo tienen. Nada que sea ajeno a nuestro sistema puede metérsenos dentro y quedarse mucho tiempo allí. Y esto es válido tanto para algo ingerido por el cuerpo como para lo que nos entra en la mente. Si me trago un trozo de papel de aluminio, el cuerpo lo regurgitará hasta expulsarlo. Si me piden que me trague una idea que “no va conmigo”, mi sistema psicológico pasará por el mismo proceso de regurgitación para deshacerse del material que le repele.

Si estoy convencido de que no valgo lo suficiente, me resultará difícil aceptar en mi vida a alguien que cree que si valgo. Es el síndrome de Groucho Marx, que no quería tratar con nadie que lo quisiera aceptar a él como socio de su club. La única manera de admitir realmente que alguien me encuentre maravillosa es encontrándome yo misma maravillosa. Pero para el ego, la autoaceptación es la muerte.

Por eso nos atrae la gente que no nos quiere. Desde el principio sabemos que no están con nosotros. Más tarde, cuando estas personas nos traicionan y se van, tras una estancia intensa pero bastante breve, fingimos que eso nos sorprende, pero lo sucedido encaja perfectamente en el plan de nuestro ego: “No quiero que me quieran“. ¿Por qué las personas agradables y bien dispuestas nos parecen aburridas? Porque el ego confunde la excitación con el riesgo emocional, y encuentra que una persona amable y accesible no es suficientemente peligrosa. La ironía es que la verdad es lo opuesto: las personas accesibles son las peligrosas, porque nos confrontan con la posibilidad de una intimidad auténtica. Son gente que realmente podría frecuentarnos durante tanto tiempo que llegaría a conocernos. Podrían socavar nuestras defensas, valiéndose no de la violencia, sino del amor. Y eso es lo que el ego no quiere que veamos. La gente accesible nos asusta porque amenaza la ciudadela del ego. La razón de que no nos atraigan es que nosotros somos inaccesibles.

Sanemos nuestras heridas

Rara vez escogemos conscientemente las barreras que oponemos al amor. Son el resultado de nuestros esfuerzos por proteger los lugares donde tenemos herido el corazón. Alguna vez, en alguna parte, tuvimos la sensación de que un corazón abierto era causa de dolor o de humillación. Amamos con la apertura de un niño, y a alguien no le importó, o se rió, o incluso nos castigó por hacerlo. En un fugaz momento, quizás una fracción de segundo, tomamos la decisión de protegernos ante la posibilidad de volver a sentir jamás ese dolor. No queríamos permitirnos ser tan vulnerables nunca más. Nos erigimos defensas emocionales. Intentamos construir una fortaleza que protegiera nuestro corazón de cualquier ataque (ver Muro del Corazón). El único problema es que, de acuerdo con el Curso (Curso de Milagros), creamos aquello de lo cual nos defendemos.

Nuestras defensas reflejan nuestras heridas, que nadie excepto nosotros mismos puede sanar. Los demás pueden darnos amor, inocentemente y sinceramente, pero si ya estamos convencidos de que no se puede confiar en la gente, si esa es la decisión que ya hemos tomado, entonces nuestra mente interpretará el comportamiento de cualquier persona como una prueba de que la conclusión a la que hemos llegado es correcta. El Curso nos dice que decidimos lo que queremos ver antes de verlo. Si queremos centrarnos en la falta de respeto de alguien por nuestros sentimientos, sin duda la encontraremos, dado el hecho de que no hay demasiados maestros iluminados disponibles. 😉

Fuente: Volver al Amor, Marianne Williamson ❤

Hoy para terminar la entrada una película que probablemente vayamos a ver de nuevo estas navidades: Love Actually. Una comedia sobre las relaciones, sobre el amor en sus diferentes versiones. Hay una escena que para mi es de mis favoritas que es la que ilustra la foto que acompaña a esta entrada. Esa y el inicio de la película con las imágenes del aeropuerto. Os dejo con las dos. ❤


Fotograma de la película Love Actually

¡Feliz semana! ¡Sed felices! 🙂

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***Recordaros que hacemos sesiones de liberación emocional, de liberación del cuerpo-dolor. Puedes ver las diferentes modalidades en el apartado de “SESIONES” de esta página. También podrás beneficiarte de las “Promociones” que están ahora mismo disponibles tanto para adultos como para niños y adolescentes.

***Recordaros que en el apartado “AMOR” de esta página compartimos diferentes herramientas (libros, enfoques, prácticas, meditaciones, vídeos,…) para ayudarnos a recordar el sistema de pensamiento del amor 

***Recordaros también que en el apartado “MILAGROS” la idea es acompañar en ese proceso del miedo al amor a través de cursos on-line y alguna otra plataforma que nos ayude a introducirnos en la metafíca (conceptos) y sobretodo la práctica de Un Curso de Milagros, y a facilitarnos el camino.

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