¡Ay que calor, que calor tengo!

¿No te das cuenta de que todo tu sufrimiento procede de la extraña creencia de que eres impotente? Ser impotente es el precio del pecado. (T-21.VII.1:1-2)

Si la causa de lo que me preocupa y su solución estuvieran ambas fuera de mi mente yo sería ciertamente impotente para cambiar mi estado mental. Me siento impotente porque he proyectado la causa de mi malestar fuera de mi mente y ahora parece que hay algo externo a mí, sobre lo que no tengo control, que dicta mi experiencia y como me siento.

“No te engañes por más tiempo pensando que eres impotente ante lo que se te hace. Es imposible que el Hijo de Dios pueda ser controlado por sucesos externos a él. Es imposible que el mismo no haya elegido las cosas que le suceden (T-21.VII.2:6, 3:1-2)

¿Te has sentido alguna vez impotente frente a algo que sucede? Seguro que sí. Ese es el precio de haber negado tu santidad y haber intercambiado el amor de Dios por el deseo de ser especial manifestado en forma de ese ser individual al que llamas “yo”.

Dice Jesús en el Curso: “ser impotente es el precio del pecado

Desde el punto de vista del Curso el pecado es lo mismo que un error, la creencia de que nos hemos separado del Amor de Dios y ahora podemos ser infelices y sufrir.

Vamos, que utilizamos el sufrimiento y la infelicidad como una forma de tener razón y decirle a Jesús: “ves, estás equivocado. Has escrito un libro con tropecientas páginas para nada. No hay amor que valga, ¡ya te lo digo yo!”

Esa es la razón de que Jesús en el Curso te haga la siguiente pregunta: “¿Quieres tener razón o ser feliz?” Quieres seguir defendiendo el sufrimiento, el dolor, que eres impotente, o quieres darle una oportunidad a una nueva perspectiva, a una nueva mirada, a un nuevo maestro?”

Y la mayoría de las veces, si eres honesto contigo, verás que lo que quieres es tener razón. Incluso cuando ese tener razón implica creer en la enfermedad, la muerte, la carencia, la soledad, el abandono, etc. Significa seguir viviendo a merced de como sople el viento y de lo que la vida te traiga.

Todo el que cree que el pecado (creencia en la separación) es real, cree en el sufrimiento, en que puede sufrir, o en que alguien puede sufrir.

No necesitas más que encender el televisor, o escuchar las noticias para certificar que el sufrimiento no solo es posible, sino que es real (desde nuestra perspectiva distorsionada).

La gente sufre.

Yo sufro.

Y tú también.

¡Hasta los ricos también lloran, y sufren (como decían en una telenovela de hace unos años)! 😉

Creer estar en el mundo es sufrimiento. Creer que el cuerpo es nuestra identidad es sufrimiento. Hay miles de males acechando en la oscuridad dispuestos a atacarte a la menor oportunidad: enfermedades, violaciones, desahucios, guerras, accidentes, atentados…

Ver a otro como un cuerpo es sufrir.

Ese bebé tan mono que sonríe ahora, puede que mañana enferme, puede perderse, puede cambiar, decidir no estudiar o estudiar algo sin futuro. Puede que se case con alguien que detestas, o separarse, sufrir una depresión, tener problemas de adicciones, o simplemente no ser feliz.

Hace unas semanas hubo una ola de calor y hoy parece que, el infierno que es Madrid en verano, vuelve de nuevo.

Seamos sinceros, no me gusta el calor del verano de Madrid. Lo llevo como puedo, habitualmente como todo el mundo, quejándome y pasando el día debajo del aire acondicionado como en este momento que escribo estas palabras.

Me mareo, duermo mal, no tengo ganas de hacer nada. No paro de sudar y me enfado o me deprimo según el momento.

Sufro, vamos.

Y me siento impotente, y una víctima inocente de esa ola de calor que rezo para que termine pronto mientras sueño con la playa, y ese dormir con manta del verano de Asturias (aunque cuando llevo allí quince días de fresquito, ya estoy del “fresquito” hasta los mismísimos y ya me estoy quejando del verano de Asturias. ¡Lo que diríamos una mente en conflicto, vamos!).

Hoy me he sentido guiada a leer esta sección del libro que dice:

¿No te das cuenta que todo tu sufrimiento procede de la extraña creencia de que eres impotente?

Me imagino a Jesús a mi lado, debajo del aire acondicionado aunque seguro que él no tiene problemas con el calor, haciéndome esta pregunta.

Y por supuesto sabe la respuesta: NO, no me doy cuenta.

Vale, vamos por partes:

  1. Date cuenta de que todo tu sufrimiento. ¡Todo! No parte de tu sufrimiento, ¡no! ¡TODO! No hay concesiones.
  2. Procede de la “extraña creencia”. Extraña porque es ajena a lo que en verdad somos. Ajena a su sistema de pensamiento (mente recta).
  3. Extraña creencia de que eres impotente. Alguien impotente es alguien al que le suceden cosas sin su participación. Que está a merced de los acontecimientos. ¡Que es una víctima vamos!

Así que todo mi sufrimiento procede de una creencia, luego procede de algo que creo. No depende de un hecho, sino de una interpretación.

Si aplico esto al calor, mi sufrimiento no procede de la ola de calor sino de la extraña creencia de que soy impotente. Una creencia como Jesús nos recuerda “extraña” o ajena al sistema de pensamiento del Amor.

“Nadie cree que el Hijo de Dios sea impotente. Y aquellos que se ven a sí mismos como impotentes deben creer que no son el Hijo de Dios”.

Luego creerme impotente, la causa de TODO mi sufrimiento, es la forma en la que niego que sea el Hijo de Dios. Es la forma en la que niego que sea Espíritu, que sea mente.

Así que utilizo el calor, en este caso, para apoyar mi creencia de que soy impotente y negar que soy el Hijo de Dios.

El calor es el culpable de mi malestar y yo, la víctima inocente de algo que está fuera de mi control.

Pongo el problema fuera de mi mente y de esta forma mantengo mi defensa en pie: no soy el Hijo de Dios. Soy impotente.

¿Lo ves Jesús? Yo tengo razón y tú estás equivocado. ¡Yo gano! 😉

Y Jesús pacientemente y con una sonrisa que no abandona nunca te vuelve a preguntar: ¿Quieres tener razón o ser feliz?

Porque sabe que no puedes ser feliz mientras sigas negando tu santidad, mientras no lleves a cabo tu función que es perdonar, perdonar en este caso el calor y a ti por soñarlo. Perdonarte por utilizar (inconscientemente) esta ola de calor para atacarte, mantenerte separado del Amor de Dios y negar tu Santo Ser.

Una de las primeras lecciones del libro de ejercicios dice: “Nunca estoy disgustado por la razón que creo“. Otra vez Jesús es categórico: ¡Nunca!

Dice la lección: Esta idea puede aplicarse a cualquier persona, situación o acontecimiento que creas que te está causando dolor. Aplícala específicamente a lo que, según tú, es la causa de tu disgusto, y usa, para describir el sentimiento, el término que te parezca más preciso. El disgusto puede manifestarse en forma de miedo, preocupación, depresión, ansiedad, ira, odio, celos o un sinnúmero de otras formas, y cada una de ellas se percibirá como algo diferente.

Nunca estoy disgustado por la razón que creo porque todo mi sufrimiento procede de la extraña creencia de que soy impotente.

La causa de mi sufrimiento, sea del tipo que sea, no está en el mundo sino en mi mente, en mi sistema de creencias.

Todo mi sufrimiento procede de haber olvidado que soy mente, que soy el soñador del sueño, que he inventado esta pesadilla, este sueño psicótico con el propósito de defenderme del Amor de Dios.

Ese es el trabajo del Curso, utilizar todo lo que se presente, toda pequeña molestia o disgusto, para devolver la causa a la mente, para recordar que no soy víctima del mundo que veo (lección 31) porque he inventado el mundo que veo (lección 32).

Para recordar que esto es un sueño y que mi propósito es despertar.

¡Hay trabajo que hacer! 🙂

Un abrazo enorme,

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