Hoy no juzgaré nada de lo que suceda

Más si experimentas gran resistencia y ves que tu resolución flaquea, es que todavía no estás listo. No luches contra ti mismo. (T-30.I.1:6-7)

 

Hoy no tengo un día “bueno”.

Me he levantado con dolor de cabeza y tensión en hombros y cuello.

Ya llevo varias semanas en que el dolor y la tensión son mis compañeros, y me acompañan como una losa que cargase sobre mi espalda.

Hoy al levantarme un pensamiento surgió en mi mente:

Hoy no juzgaré nada de lo que suceda.

Parecía que ese pensamiento anticipaba que hoy sería un día complicado.

Como si alguien me tendiese una cuerda donde poder sujetarme cuando me viese caer.

Un salvavidas lanzado al agua a la espera de que el naufrago se viese arrastrado por la corriente.

Me ha costado ver este pensamiento como la ayuda que podría haber sido.

Cuando el dolor y la tensión aparecen en mi mente sólo quiero desembarazarme de ellos, quitármelos de encima como haría con un niño mimoso y enrabietado que no consigo que deje de llorar. En ese momento mi paciencia se pone a prueba y todo lo aprendido parece no servir de nada.

Tengo la sensación de que nada funciona, estoy en las garras del tirano que he elegido como compañero de baile.

Sigo sus dictados al pie de la letra, sin rechistar y sin atreverme a cuestionarlos.

Cual marioneta danzo al ritmo que el miedo me marca.

Me convierto en ese niño mimoso y enrabietado del que quiero desembarazarme.

¡A la mierda la paz!

¡Quiero que esta pesadilla termine!

¡Quiero que alguien venga y se lleve todo este dolor!

Sigo creyendo que necesito que el dolor y la tensión desaparezcan para poder estar en paz y ser feliz. Sigo creyendo que necesito que algo sea diferente para poder descansar en paz.

De veras que lo creo.

Me olvido de que es sólo una decisión.

Por momentos me aquieto y al cerrar los ojos me encuentro con una pared de hormigón. Algo tenso y firme que se muestra desafiante ante mi mirada.

¡Estoy delante del muro de hielo, del muro desde el norte (referencia a Juego de Tronos 😉 )!

Aquí estoy, parece decir.

Me vuelvo a unir a Jesús que me recuerda que estoy a salvo, que no hay nada que temer, que se trata sólo de una pesadilla, y que puedo elegir.

Varios pensamientos vienen a mi mente, y sólo puedo estar ahí, observar esa pared que se alza imponente ante mí.

Al igual que Don Quijote quiero luchar contra ese fantasma. En mi delirio, ¡para mi son gigantes, no molinos!

Siguen brotando pensamientos que como chispas van abriendo rendijas de luz en mi mente, y cuando abro los ojos hay tal claridad que me deslumbra.

Pero el dolor y la tensión siguen presentes.

¡Y yo sigo queriendo que se vayan!

Sigo prefiriendo tener razón a ser feliz.

Sigo creyendo que “necesito” que desaparazcan para ser feliz.

Mi mente, al igual que una mira telescópica, está enfocada en esos testigos tenebrosos que me señalan con dedo acusador.

Vuelvo a hacer otra pausa, aquietarme y unirme de nuevo a Jesús.

Observo la magnitud de mi deseo de que desaparezcan, de mi resistencia a este instante tal como es.

Mi mente sigue en tensión.

Ni siquiera se muy bien contra que lucho, pero lucho.

¡Estoy en pie de guerra!

¡No hay paz que valga!

Al final del día me siento a escribir y recuerdo el pensamiento con el que empezó el día:

Hoy no juzgaré nada de lo que suceda.

En este instante puedo elegir no juzgar nada de lo que ha sucedido. Puedo elegir no juzgarme por preferir tener razón a ser feliz, por desear que el dolor y la tensión desaparezca, en lugar de desear la paz. Puedo elegir no juzgarme por danzar al ritmo del miedo y la culpa, por no elegir al maestro de la paz.

En este preciso instante puedo entregar todos esos deseos y objetivos conflictivos, esos pensamientos de juicio, el ataque, y elegir de nuevo.

Elegir no juzgar nada de lo que suceda.

Elegir el perdón que como el curso me recuerda:

El perdón es tranquilo y sosegado y no hace nada: observa, espera y no juzga.

Observa sin culpa.

Espera a que lo elija.

Y no juzga, no me juzga, no juzga nada de lo que sucede.

¡Que camino más amable aquel que siempre me recuerda que la puerta de la liberación simpre está abierta!

En este instante.

Siempre en este instante.

Perdono, y soy feliz.

Una invitación a ese amor siempre presente que aguarda serenamente, sin impacientarse, a que esté preparado para coger el salvavidas y ponerme a salvo.

Hoy no juzgaré, no juzgaré nada de lo sucedido, no me juzgaré.

Gracias Jesús.

Que la quietud del Cielo envuelva hoy tu corazón.

Feliz día. ❤

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