Las cinco heridas que impiden ser uno mismo (III): Humillación

mujer con alas

Seguimos con la tercera herida que nos impide ser uno mismo. En este caso le toca el turno a la herida de Humillación cuya máscara es masoquista.

Veamos juntos que significa la palabra “humillación“. Es la acción de abatir el orgullo y la altivez de alguien, herir el amor propio o la dignidad de alguien, sentirse rebajado, rebajarse o rebajar a alguien descaradamente. Los sinónimos de esta palabra son: “sumisión”, “vergüenza”, “mortificación”, “vejación”, “degradación”. Esta herida comienza a manifestarse entre el primero y tercer año de edad.  Hablo del surgimiento porque te recuerdo que mi teoría se basa en el hecho de que, al nacer, hemos decidido cuál de las heridas deseamos curar aun cuando no tengamos consciencia de ello.

El alma que llega para sanar esta herida será atraída por un progenitor, o ambos, que la humillarán. Esta herida aparece ligada, sobre todo, al mundo físico, al ámbito del tener y el hacer.

El surgimiento de la herida de humillación ocurre en el momento en que el niño siente que uno de sus padres se avergüenza de él o teme que se avergüence de él cuando está sucio, cuando ha hecho un estropicio (principalmente en público o en familia), cuando está mal vestido…Sin importar la situación que provoca que el niño se sienta rebajado, degradado, comparado, mortificado o avergonzado en el plano físico, la herida despierta y comienza a adquirir importancia. Un ejemplo es el niño que se mea en la cama y como castigo se muestra la sábana manchada con el pretexto de que no lo vuelva a hacer y cuyo efecto suele ser el contrario.

El ámbito de la sexualidad contribuye también a que se manifieste la herida potencial de humillación. Por ejemplo, cuando la mamá sorprende a su pequeño masturbándose y exclama: “¿No te da vergüenza? No tendrías que hacer eso, el niño se siente humillado y avergonzado, y más adelante enfrentará dificultades en el plano sexual.

Esta herida puede experimentarse en diferentes ámbitos, según lo que suceda entre el primer y el tercer año de edad. A diferencia de las otras cuatro heridas que se viven con un progenitor específico o con la persona que desempeñó el papel de ese progenitor, la herida de humillación suele experimentarse con mayor frecuencia con la madre, aunque también puede vivirse con el padre cuando es él quien ejerce el control y desempeña el papel de madre, al mostrar al niño cómo comportarse. Es posible que la herida de humillación se vincule con la madre en el ámbito de la sexualidad y la propiedad, y con el padre, en el aprendizaje, la escucha y el habla. En estos casos será necesario resolver la herida con ambos padres.

El niño que sufre humillación se crea la máscara del masoquista. El masoquismo es el comportamiento de una persona que encuentra satisfacción, e incluso placer, sufriendo. Aun cuando lo haga inconscientemente, busca el dolor y la humillación la mayor parte de las veces. Se las ingenia para hacerse daño o castigarse antes de que alguien lo haga.

Repito lo dicho en los capítulos anteriores. Una persona puede vivir una experiencia de vergüenza o de humillación sin que aparezca la herida de humillación. Por otra parte, la persona masoquista puede vivir asimismo una experiencia de rechazo y sentirse humillada antes que rechazada.

Precisaré ahora la diferencia entre vergüenza y culpa. Uno se siente culpable cuando considera que lo que ha hecho, o ha dejado de hacer, está mal. Cuando nos avergonzamos, juzgamos que no hemos actuado correctamente con respecto a lo que acabamos de hacer. Una persona puede sentirse culpable sin tener vergüenza, pero no puede tener vergüenza sin sentirse culpable.

Como se considera a sí misma maleducada, desalmada, sucia o que vale menos que los demás, la persona con la descripción física de la máscara de masoquista desarrolla un cuerpo grueso que también le avergüenza. Un masoquista es grueso por exceso de grasa.

Esta herida parece ser la más difícil de reconocer.

Como el masoquista desea mostrarse firme y no ser controlado, suele cargar mucho sobre su espalda, por lo que además desarrolla una espalda ancha para poder llevar más peso. Consideremos el ejemplo de una señora que para agradar a su marido, aceptó que su suegra viviera con ellos; al poco tiempo, la suegra se enfermó, por lo que la nuera se sintió obligada a atenderla. El masoquista tiene facilidad para situarse en circunstancias en las que debe ocuparse de alguien más para olvidarse de si mismo. Sin embargo, mientras más cargue sobre su espalda, más aumentará de peso.

El masoquista parece desear hacer todo por los demás, pero en realidad lo hace para crearse limitaciones y obligaciones. Durante el tiempo que se dedica a ayudar a otros, cree que no le harán nada vergonzoso, aun cuando la mayor parte de las veces se siente humillado porque abusan de él. He escuchado a muchas mujeres masoquistas quejarse de estar hartas de ser las sirvientas; se quejaban, pero continuaban con la misma conducta, ya que no se percataban de que ellas mismas se habían impuesto estas limitaciones.

El masoquista no se percata de que al resolver todo a los demás, se rebaja y se humilla, pues les hace sentir que no podrían hacer nada sin él. El masoquista se asegura también de que tanto su familia como sus amigos sepan que no podrían hacer nada sin él, e incluso lo dicen frente a él de tal forma que se sienten doblemente humillados. Esto último sucede porque, ante el comentario, el masoquista tiene que reconocer que no necesita ocupar tanto espacio en la vida de sus prójimos. Sin embargo, no percibe que acepta cargar con tanto porque lo suele hacer de manera sutil debido a que su cuerpo físico ocupa mucho espacio. Engorda en función del espacio que cree que debe ocupar en su vida. Su cuerpo está ahí para reflejar esa idea. Cuando el masoquista sepa en lo profundo de su ser que en verdad es especial e importante, no tendrá que demostrarlo más al resto de la gente. Al reconocerse a sí mismo, su cuerpo ya no tendrá necesidad de ocupar tanto espacio.

La persona masoquista parece muy controladora, pero este control está motivado principalmente por el temor a sentir vergüenza de sus prójimos o de sí mismo. La madre masoquista tiende a controlar la apariencia, el comportamiento y la forma en que se visten sus hijos y su pareja; es el tipo de madre que desea que sus hijos sean bien educados desde pequeños. Si no lo logra, se avergonzará de sí misma, de su papel de madre.

Como el masoquista, sea hombre o mujer, es “fusional” con su madre, hace todo lo posible para no avergonzarla. Considera a su madre como un enorme peso que cargar, lo cual le proporciona otra buena razón para desarrollar una espalda muy sólida. Esta actitud continúa incluso después de la muerte de la madre. El masoquista llega a un punto en el que ni siquiera reconoce sus propios deseos por no disgustar a mamá. Desea tanto agradar a su madre que no está en contacto sino con los deseos que a ella le satisfarán.

Para el masoquista es difícil expresar sus verdaderas necesidades y lo que realmente sentía desde que era pequeño, ya que no se atreve a hablar por temor a experimentar vergüenza o a avergonzar a alguien más.

Los padres del niño masoquista le decían con frecuencia que lo que sucedía en la familia no era de la incumbencia de extraños y que no debía hablar de ello sino guardarse todo para sí.

El masoquista suele ser hipersensible, por lo que lo más mínimo le hiere. Así, hace todo lo posible por no herir a los demás. Cuando alguien, sobre todo entre sus seres queridos, se siente desdichado, él se siente responsable; cree que seguramente dijo o hizo o no dijo o no hizo algo. No se percata que al estar tan activamente atento a las necesidades de los demás, ignora sus propias necesidades.

El masoquista suele ser reconocido por su capacidad para hacer reír a los demás y reírse de sí mismo. Es muy expresivo cuando relata hechos y encuentra la forma de que parezcan graciosos. Se considera el blanco de las risas de los demás, lo cual es una manera inconsciente de humillarse y rebajarse.

La crítica más mínima hacia él lo hace sentir humillado y degradado. Es además, especialista en rebajarse a sí mismo. La palabra “pequeño”, o los diminutivos, están muy presentes en su vocabulario. Cuando utiliza la palabra “grande” o “grueso” o aumentativos, tiende a hacerlo para rebajarse y humillarse.

La persona que sufre humillación tiende a culparse de todo e incluso a cargar con la culpa de los demás; esta es su forma de ser buena persona.

La libertad es fundamental para el masoquista. Para él, ser libre significa no tener que rendir cuentas a nadie, no ser controlado por nadie y hacer lo que quiere cuando así lo quiere. Cuando se siente libre y considera que nadie le pone obstáculos en el camino, resplandece, vive la vida al máximo y no tiene límites. En esos momentos cae en los demasiados en varios aspectos de su vida: come demasiado, compra demasiado, cocina demasiado, bebe demasiado…

La libertad es, por lo tanto, el mayor temor del masoquista. Está convencido de que no sabrá qué hacer si llega a ser libre a su antojo. Inconscientemente se las ingenia para no ser libre, y la mayor parte del tiempo es él quien toma la decisión.

Otra rasgo del masoquista es el de castigarse, pues cree que de esa forma castiga a otro. O castigarse antes de que otro lo haga.

La apariencia es importante para las personas masoquistas, aun cuando pudiera pensarse lo contrario al ver la forma en que algunos visten. Les gusta la ropa elegante y verse bien, pero como creen que deben sufrir, no se lo permiten.

El desagrado es un sentimiento común en los masoquistas. No se gustan a sí mismos ni les gustan a los demás, y por lo general crean situaciones en las que experimentan desagrado.

El masoquista, por lo general, tiene dificultades en el plano sexual debido a la vergüenza que siente. No es sorprendente ver tantas chicas y chicos que aumentan de peso cuando sus deseos sexuales comienzan a manifestarse, ya que éste es un buen recurso para no ser deseados, para evitar el acoso y para, inconscientemente, privarse del placer sexual. Las personas masoquista no solo son sensuales, sino también sexuales. Harían el amor con frecuencia si fueran capaces de permitirse ser como les gustaría ser y, ante todo, si se tomaran el tiempo para reconocer sus verdaderas necesidades. El hombre masoquista, por lo general, tampoco lleva el tipo de vida sexual que desea. Puede ser demasiado tímido en relación al sexo, o, por el contrario, obsesivo. Aun cuando se otorgue el derecho de disfrutar del sexo, le es difícil dejarse llevar por completo, pues le avergüenza mostrar que le gusta el sexo y permitirse realizar sus fantasías.

Los siguientes son algunos males y enfermedades que pueden manifestar los masoquistas:

  • Dolores de espalda y sensación de pesadez sobre los hombros debido a la excesiva carga emocional que llevan.
  • Problemas respiratorios si se dejan abrumar por los problemas de otros.
  • Problemas en piernas y pies, como varices, esguinces y fracturas son frecuentes.
  • Enfermedades del hígado debido al exceso de preocupación por los demás.
  • Garganta, anginas y laringitis, debido a su dificultad para pedir lo que quieren.
  • Problemas de tiroides.
  • Irritaciones en la piel.
  • Hipoglucemia y diabetes al no permitirse caprichos.
  • Problemas cardíacos porque no se ama lo suficiente.
  • Intervenciones quirúrgicas debido a su idea del sufrimiento.

En el plano de la alimentación, el masoquista suele ser extremista. Puede comer con glotonería o no comer más que porciones pequeñas, para creer que no come mucho y no sentir vergüenza. Por lo general, se siente muy culpable y le avergüenza comer lo que sea, sobre todo lo que considera alimentos que engordan como el chocolate. La comida suele ser su tabla de salvación, su manera de gratificarse.

Para adquirir conciencia de su herida de humillación, el masoquista debe reconocer primeramente hasta qué punto se avergüenza de sí mismo o de otras personas, y cuántas personas se han avergonzando de él. También debe percatarse de las numerosas ocasiones en que se humilla a sí mismo; en que se rebaja o se siente indigno.

Si te ves con la herida de humillación, recuerda que debes trabajar al nivel del alma para liberarte de ella. Si no trabajas más que en el plano físico, controlándote sin cesar para no engordar o adelgazar, no estás en concordancia con tu plan de vida, y después de esta vida, deberás reencarnarte en un cuerpo nuevo quizá aún más grueso.

También es importante que te percates de que tu madre o tu padre también sufren la herida de humillación y de que la vivieron con su progenitor de tu mismo sexo. Al ser compasivo con el progenitor que tiene esta herida, te será mucho más fácil comprenderte a ti mismo.

Recuerda que la causa principal de una herida deriva de la incapacidad para perdonar lo que nos hacemos a nosotros mismos o lo que hacemos sufrir a otros. Nos resulta difícil perdonarnos porque no tenemos conciencia de nuestros reproches. Reprochamos a los demás lo que nos hacemos a nosotros mismos y no queremos ver. Esta es la razón por la que atraemos a personas que nos muestran lo que hacemos a otros o lo que nos hacemos a nosotros mismos.

Las conductas propias del masoquista son dictadas por el temor a revivir la herida de la humillación. Si identificas esta herida en otras personas que conoces, no intentes cambiarlas. Utiliza lo aprendido para ser compasivo con ellas y comprender mejor las actitudes ante las que reaccionan.

Características de la herida de humillación:

Surgimiento de la herida: entre el primero y tercer año de vida. Carencia de libertad, sensación de humillación debido al control del progenitor.

Máscara: masoquista.

Progenitor: el que se hizo cargo del desarrollo físico del niño, por lo general, la madre.

Cuerpo: grueso, rollizo, talle corto, cuello grueso, tensión en cuello, garganta, mandíbula y pelvis. Rostro redondo.

Ojos: grandes, redondos, abiertos e inocentes como los de un niño.

Vocabulario: “ser indigno”, “ser digno”, “merecer”, “no merecer”, “pequeño” (o diminutivos), “grande”, “grueso” (o aumentativos).

Carácter: se avergüenza de sí mismo y de los otros o teme avergonzar a los demás. No le gusta ir deprisa. Conoce sus necesidades pero las ignora. Lleva una carga emocional pesada sobre su espalda. Controla a los demás para evitar la vergüenza. Se considera maleducado, desalmado, cochino o menos. Se las ingenia para no ser libre, pues “ser libre” significa para él ser “ilimitado”. Si carece de límites, teme desbordarse. Desempeña el papel de madre. Hipersensible. Se castiga creyendo castigar así a otros. Desea ser digno. Sufre vergüenza en el plano sexual e ignora sus deseos sexuales. Se compensa y recompensa comiendo.

Mayor temor: libertad. Alimetación: Alimentos ricos en grasas, chocolate, es bulímico o ingiere muchas porciones pequeñas. Se avergüenza de comprar y comer golosinas.

Enfermedades posibles: lumbargías, laringitis, anginas, problemas respiratorios, trastornos en piernas y pies, varices, esguinces, fracturas, disfunciones hepáticas y de la glándula tiroides, irritaciones de la piel, hipoglucemía, diabetes, enfermedades del corazón.

Fuente: Las cinco heridas que impiden ser uno mismo, Lise Bourbeau

Y para terminar una película que refleja muy bien la herida de la humillación: Precious. Las películas son una buena forma de sacar a la luz aquellas emociones y creencias que permanecen escondidas en el subconsciente. Como dice David Hoffmeister:

“Las películas son una forma excelente de mirar tu mente, prestar atención a tus emociones, y ayudarte a descubrir cuales son tus creencias subconscientes. Cuando reaccionas de forma emocional en una película, es igual que cuando reaccionas con personas en la vida real. Es la misma dinámica: si tienes un asunto con alguien, es una proyección de tu mente. Ver películas es una forma de acelerar la sanación.”

Un abrazo enorme,

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